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PRÓLOGO EDWARD BACH EN MARLOW BUCKS
Por Mario Satz
Servidores de la vida
Cuando consideramos con atención la palabra clave de Bach en su breve opúsculo de Marlow Bucks, esto es, servicio, nos viene de inmediato a la mente la relación que Tagore, el poeta hindú, hizo en su momento entre amor y servicio. “Pregunté al amor cuál es su verdadero sentido, y la respuesta fue servicio.” En efecto, ningún don es más alto que el amor, pues la grandeza de su desinterés consiste en un prodigioso darse sin reticencias. Darse como se da el agua en la cascada para producir, a la distancia, energía y luz; o como se entrega, en su fluir, el manantial, ni más ni menos que para conservar su potabilidad, es decir su salud. La homeostasis, esa tendencia al equilibrio o estabilidad orgánica en la conservación de las constantes biológicas, parece indicar que la auténtica salud es un estado fluido, reversible, rítmico, tan capaz de avanzar sin prisa ni pausa como, y través del sistema inmunológico, descartar de nuestro cuerpo vivo el peso muerto de su escoria sin remordimientos ni dudas. Parece claro, entonces, que una buena salud no codicia más salud, a la par que un corazón contento no le pide al cielo más latidos que los que ya graciosamente recibe.
Los estudiantes de Kábala sabemos que el servicio —en hebreo sherut— es, simplemente, una aliteración de reshet, la red. Servir con amor, por tanto, es comprender que la vida es una red de relaciones hecha de conjunciones y disyunciones, y que todos aquellos que se muestran interesados en bendecirla, sanarla y ayudarla a desarrollarse, comprenden bien pronto que el modelo a seguir es la flor, toda ella código de continuidad, belleza, aroma y generosidad. Un proverbio japonés sostiene que la raíz es una flor que no quiso serlo, advirtiéndonos con ello que todo es o puede ser flor y todo es y puede raíz, pero sólo algunos, pocos en verdad, comprenden el valor supremo de la humildad, ese trabajo silencioso que se hace sub terrae para que el afuera, tallo arriba, pueda algún día florecer plenamente a la luz del sol. La cualidad saturnina de la raíz, empero, que la convierte en una entidad centrípeta, absorbente y asimétrica, se contrapone a la cualidad apolínea, solar de la flor, cuya centrífuga belleza está allí para darse hasta marchitar. No es casual que la por lo general hermosa simetría de sus pétalos haya llamado entonces la atención de un ser como Edward Bach, médico de almas y botánico mágico, como diría Parcelso, el genio suizo con quien tuvo tantos puntos en común. Primero fue la homeopatía, en la que también hay flores —como la pulsatilla, por ejemplo, que es una bella y solitaria anémona de los prados—, terapia en la que Bach halló verdades sorprendentes en la primera parte de su vida. Pero luego, y gradualmente, fueron las flores en sí mismas, sus loci naturales y su relación con el agua, las que llamaron su atención, a semejanza de como habían despertado el interés del romántico alemán Novilis, para quien "la flor es el símbolo del misterio del alma".
El énfasis en lo anímico, y por tanto en la actitud que el sujeto revela en la relación que su cuerpo vive con el cuerpo del mundo, llevó a Bach en una época en que la medicina comenzaba a industrializarse y a dejar de lado lo moral —es decir las costumbres o hábitos anímicos de la persona—, a comprender la importancia que tiene el alma en el organigrama de nuestra salud. De nada sirve sanar mi cuerpo si pienso como un enfermo. Codiciar oro es tan malo como codiciar lo que sea, simplemente porque la codicia desea retener lo que debe fluir.
Muchas veces percibimos en las palabras e ideas de Edward Bach un cierto halo mágico, shamánico incluso. Existe sin duda un paralelo entre su ars medica y el de los tradicionales medicine-men, sobre todo si consideramos que los shamanes son, por regla general, médicos que se han curado a sí mismos,tal y como exhortaba a hacerlo el mismo Jesús en los Evangelios. ¿Qué hubiera pensado el genio de las esencias florales de saber que los médicos clásicos chinos sólo eran remunerados cuando sus pacientes curaban, nunca antes y nunca si la curación no se producía? Servidor del hombre, auténtico terapeuta en el sentido de cuidador de la vida, el doctor Bach tiene en nuestro ámbito cultural tres auténticos continuadores de sus concepciones, doctrinas y hallazgos. Un catalán, un andaluz y un argentino.
Lluís Juan Bautista, Luis Jiménez y Eduardo H. Grecco respectivamente, quienes también creen que la naturaleza y sus flores conforman, más allá de sus propiedades y signaturas, una imagen sublime en la que coinciden la realización total del ser con su deseo de entregar lo mejor de sí, polen, palabras y actos, a todos aquellos que lo necesiten. El Buda histórico sostuvo, en su momento, que nada era superior a la educación, comprendiendo mejor y más hondo que ningún ser humano antes que él, que frente al dolor la única respuesta poderosa y efectiva es el conocimiento silencioso. Tal vez por eso hacia el final de su vida mostró una flor y sólo uno de los discípulos comprendió que eso era todo: crecer, abrirse y mostrar nuestros mejores colores al mismo sol que los creó.
Mario Satz, Valldoreix, 2009